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SOCIEDAD

15 de diciembre de 2021

La violencia en las redes sociales se ensaña con las mujeres y limita la libre expresión y la participación pública

Las mujeres se ven obligadas a realizar un trabajo adicional: enfrentar la violencia discursiva.

“Gorda hija de puta incogible”. “Heidi garchada en París”. “V de violada en las urnas por voluntad popular”. “Que le saquen un poco de grasa y le rellenen la cabeza”. “Al menos tiene lindas tetas”. Es un trabajo adicional. Ingrato, no remunerado y que no termina nunca. Si la violencia discursiva ya es habitual en nuestra vida política, cualquier mujer que quiera participar sabe que tendrá la tarea extra de soportar y sobreponerse al escrutinio permanente de su cuerpo, su vestimenta y su conducta en una proporción mucho mayor a la que experimentan sus compañeros varones.

Es común a todas las mujeres de todos los partidos políticos, aunque algunas lo sufran más y otras menos. El escenario es las redes sociales y el denominador común, la violencia machista: los insultos de arriba son textuales tomados de las respuestas a candidatas y legisladoras del Frente de Todos, el radicalismo, el PRO y la Izquierda. Sin grieta.

El Equipo Latinoamericano de Justicia y Género (ELA) hizo un seguimiento de las agresiones a seis candidatas en las últimas elecciones legislativas y presentó la semana pasada el informe “Mujeres en la política: expresiones de violencia en redes sociales y sus impactos”. Con apoyo de ONU Mujeres se presentó también el monitor de Fundar que sistematiza la recolección y clasificación de esa violencia en tiempo real. La conocemos, ¿qué hacemos ahora con esa información?

Pacto de caballeros

“Tenemos que buscar mecanismos de resolución”, reclama Natalia Gherardi, titular de ELA. Señala a todas las patas del Estado: “Hay fallas en los mecanismos internos de los partidos, en el poder judicial y también en la justicia electoral a la que hemos hecho reclamos. Después de casi cuarenta años de democracia, necesitamos una respuesta más sólida”, marca.

 

Incluso con la ley de paridad de género, la composición del Congreso no ha cambiado demasiado: se mantuvo la proporción entre mujeres y varones en el Senado y se sumaron tres diputadas más llevando la representación femenina al 45 por ciento. Sin embargo, la presidencia y las tres vicepresidencias de la cámara quedaron en manos de varones del radicalismo, el PRO y el peronismo. Ningún espacio promovió a una mujer para esa responsabilidad.

En el Senado hubo que esperar a que José Alperovich concluyera su mandato este viernes 10. Acusado de violación por una sobrina mantuvo los fueros gracias a una larga tradición política que se limitó a exigirle la licencia sin afectar sus fueros. Ahora quizás la Justicia avance en la investigación.

 

Pero ni las condenas son un freno en algunos círculos políticos: colectivos feministas de Santiago del Estero tuvieron que pelear hasta el último minuto para impedir la asunción como legislador de Héctor “Chabay” Ruiz, ex intendente de La Banda y abusador sexual confeso. Es alarmante que Ruiz estuviera a punto de asumir pero más aún el hecho de que fue votado incluso después de conocida la condena. ¿A nadie le importa?

Personal y político

“Esto no es Twitter, acá hay reglas”, sintetizó Ofelia Fernández en la primera sesión compartida con los flamantes legisladores libertarios del partido de Javier Milei. Denunció intimidaciones de militantes a la salida de la legislatura y apuntó al hostigamiento en redes de Leonardo Saifert, quinto en la lista de Libertad Avanza. “No pienso ser su víctima, no tengo problema en ser su enemiga”, aseguró ella. Ese es el reclamo: que la disputa sea política. Lo personal es político, sí. Pero ni el peso ni la “cogibilidad” puede ser un argumento entre quienes buscan representarnos. Tampoco en forma de “elogio”: “Es más difícil discutir con ella porque es mujer y es bonita”, se había quejado Fernando Iglesias en un debate televisivo al enfrentarse a Victoria Tolosa Paz.

Saifert intentó unas disculpas y cerró su cuenta de Twitter donde tenía también comentarios xenófobos, en contra de personas con discapacidad y burlas a quienes viven en villas. Se borró de las redes pero ocupa una banca y será la comisión de ética de la legislatura la que defina los pasos a seguir. Esto no es Twitter, pero la violencia ya está dentro del recinto.

Agresiones sin grieta

No es un fenómeno local ni afecta solamente a políticas. Desde 2017 Amnistía Internacional trabaja en ocho países analizando la violencia de género en Twitter. Y sus consecuencias.

“La violencia y los abusos que muchas mujeres y personas no binarias experimentan en Twitter las obligan a autocensurar sus mensajes, limitar su interacción e incluso abandonar por completo la plataforma”, asegura Amnistía. Según sus números Argentina tiene casi cinco millones y medio de usuarios en actividad y es una plataforma tan relevante que hasta la candidatura a presidente de Alberto Fernández fue anunciada por esa vía y sin aviso previo, un sábado a la mañana.

¿Se puede no estar en Twitter? Claro. Pero debería ser una elección y no la respuesta al acoso y la violencia. Amnistía Argentina entrevistó a activistas, actrices y periodistas -yo entre ellas- y encontró un elemento común: en todos los casos la agresión era machista y la respuesta de la red social más bien pobre.

Ni importa si quienes reciben la agresión se identifican o no con el feminismo: en pleno debate por la legalización del aborto hace un año la diputada celeste Dina Rezinovsky llamó la atención sobre el aluvión tuitero que señalaba su peso cada vez que exponía en contra de la ley.

Alguna vez pensamos a las redes sociales como un ágora moderna donde discutir la actualidad. Hoy aparecen convertidas en una suerte de coliseo dispuesto a festejar cuando alguna cae en las fauces del león. No importa de qué sector o partido sea.

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